Subir al monte


II DOMINGO DE CUARESMA
CICLO C

Gn 15, 5-12. 17-18
Sal 26
Flp 3, 17-4, 1
Lc 9, 28-36

Subir el monte

Subir el monte, desde la experiencia de la transfiguración de Jesús, implica estar abiertos al misterio de Dios, a su proyecto de salvación y a la ofrenda de nuestra propia vida.

La montaña, además de significar el lugar de la presencia de Dios, nos muestra que Jesús ha iniciado su éxodo, es decir su salida de este mundo, su liberación.

Imaginemos la escena: Jesús permite que sus discípulos se asomen a su luminosidad interior. Les muestra, por decirlo así, un pedacito de cielo. Los personajes que aparecen, pertenecen a la realidad trascendente; murieron en el pasado, haciendo la voluntad de Dios, por eso permanecen en la esfera divina. Ellos hablan de la muerte que le espera a Jesús en Jerusalén; hablan, por tanto de la manera en que Jesús culminará su misión, con la entrega de su vida. Si se quiere entender: Jesús recibe la estafeta final del misterio salvífico de Dios. De ahora en adelante, el Antiguo Testamento ha de ser leído a través del éxodo de Jesús.

Los tres discípulos que lo acompañan: Pedro, Santiago y Juan, reaparecerán en Getsemaní, de la misma manera que aquí, cargados de sueño. Entre este monte, el de los olivos, y el Gólgota, hay un parentesco espiritual; se demandan mutuamente, para completar la misión de Jesús, desde el misterio de Dios.

Subir el monte en esta cuaresma, ha de significar para nosotros un ejercicio espiritual. A través de esta experiencia podemos iniciar tanto el camino del éxodo de Jesús, como el nuestro. Si seguimos a Cristo en el misterio de su Pasión, Muerte y Resurrección, nos configuraremos con él; si insistimos sobre ese camino, haciendo nuestro propio éxodo, además de configurarnos, nos transfiguraremos como él. Es decir, entraremos en el misterio insondable de Dios.

Para subir al monte intentemos tres actitudes:

1.-Miremos al cielo

Quien no considera las realidades trascendentes, se incapacita para alcanzar la vida de Dios. Hay que descifrar nuestra vida como una continua ofrenda; igual que Abraham, hay que estar atentos y descubrir que lo que ofrecemos a Dios cuenta. Él mismo recibe nuestra ofrenda. Aquí viviremos la certeza de la fe, en la experiencia de ser escuchados.

Mirar al cielo y contar las estrellas, como pidió Dios a Abraham, supone desinstalarse, y hacer un camino para que nuestra ofrenda sea llevada por Cristo; un camino hacia la Eucaristía; que es el lugar en el que Cristo nos asume para ofrecernos a su Padre.

Mirar al cielo, mientras se realiza nuestra alianza con Dios, es a veces, una experiencia de oscuridad en la que parece que no entendemos nada. Es en ese punto de incertidumbre, cuando Dios rompe la noche oscura de nuestra fe y nos regala el signo máximo de su amor.

¿Cuáles ofrendas has hecho a Dios? ¿Cuál de tus ofrendas, has experimentado que Dios recibió?

2.-Miremos hacia adelante

Mientras hacemos el camino de la vida, nuestra condición es estar frente a la esfera divina, el cielo en el que Jesús está. Él es la alianza definitiva de Dios con nosotros.

Se trata de ir a nuestra nueva Jerusalén, acompañados por Jesús; hacer nuestra propia pascua; pasar por nuestra propia muerte y resurrección.

Mirar hacia adelante, implica vivir considerando que somos ciudadanos del reino, como dice Pablo a los filipenses; dejar de vivir como si nuestro dios fuera el vientre; y redirigir nuestra mirada hacia Dios que me libera. Vivir así implica esperar que Cristo nos transfigure y transforme nuestro cuerpo miserable en un cuerpo glorioso, semejante al suyo.

Mirar hacia adelante, implica mantenerse fieles a Jesús y superar el escándalo de la cruz. No quedarse en las realidades temporales, sino constatar las realidades que no se ven.

3.-Miremos hacia abajo

Cuando los discípulos: Pedro, Santiago y Juan, salieron del sueño, ante la transfiguración, vieron la gloria de Jesús y de los que estaban con él. Pedro gozó de ese pedacito de cielo, e intentó quedarse allí, levantar tres chozas: una para Jesús, una para Moisés y una para Elías. Dice Lucas que Pedro no sabía lo que decía. Nosotros entendemos: no se puede volver al pasado, sólo a Jesús hay que escuchar; no lo podemos igualar con los profetas. Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios.

Pero lo más importante de la incomprensión de Pedro está aquí, en algo que también nos sucede a cada uno de nosotros; que cuando estamos en la gloria, no nos gusta mirar hacia abajo. Cuando estamos en la abundancia de dones materiales y espirituales, se nos olvida, que hay que descender de la montaña y hacer nuestro propio camino hacia la muerte y la resurrección.

A Pedro se le olvida que su misión apenas empieza. Todavía le falta acompañar a Cristo en su éxodo, en su sacrificio en la cruz; le falta cofundar la Iglesia, confirmar a sus hermanos en la fe, ir a Roma, vivir la persecución y hacer su propio éxodo, morir en su propia cruz.

¿Tú cómo subes a la montaña, cómo entiendes tu éxodo, cómo desciendes del monte?

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