Identidad nueva


V DOMINGO ORDINARIO

CICLO A

Is 58, 7-10; Sal 111; 1Cor 2, 1-5; Mt 5, 13-16


Ser luz y sal significa servir de orientación para los demás. Eso quiere Jesús de cada persona que lo sigue; que seamos capaces de traslucir su verdad a modo de cristal o espejo, y que nuestro testimonio sea tan fuerte que nadie lo pueda derrumbar.

La exigencia de ser luz y sal, viene después de las bienaventuranzas, para entender que la manera concreta de orientar al mundo ––de manera especial al mundo no creyente––, son las obras concretas del amor. La luz y la sal no son para sí mismos, sino para los demás. Así estamos hechos en Cristo, esta es nuestra nueva identidad. En nuestro nuevo código genético de cristianos está latente una identidad que hay que despertar.

Sabremos quiénes somos en verdad, recién cuando actuemos el amor. El mundo necesita que le demos el sabor de nuestra sal; pero, sobre todo, el sentido de incorruptibilidad. La sal sirve para que los alimentos no se corrompan, tiene la capacidad de conservar y de dar consistencia. El mundo necesita nuestra luz, la que dejamos pasar como cristales o espejos, aquella luz que hemos recibido de nuestra relación con Dios.

No es abusivo que un día como hoy nos preguntemos: ¿Qué tanto sirvo para darle consistencia a los demás, qué tanto para iluminar las realidades temporales con la verdad de Dios? Y, lo más importante: ¿Quién soy realmente en el proyecto de Jesús?

Si queremos dar a nuestro entorno consistencia y rumbo, intentemos estas tres actitudes:

1 -Actuemos el amor

Isaías es directo: comparte tu pan con el hambriento…entonces surgirá tu luz. Sabremos quiénes somos cuando actuemos el amor.

Hacer el amor implica dejar de oprimir. Esta característica de Isaías es todo un itinerario espiritual. Bastaría intentar esta actitud diario para modelar una nueva vida: ¡hoy dejaré de oprimir!

Actuar el amor exige, también, salir de nuestro pasado de heridas, para dejar pasar la luz.

El amor en acto brilla en nosotros de una manera tan especial, que en cualquier lugar de tinieblas, nuestra oscuridad será como el mediodía.



2 -Anunciar la ciencia de la cruz

El evangelio de Cristo es el evangelio del amor, y éste se completa en la cruz. Nuestra identidad nueva demanda convencer por medio del espíritu, y no por medio de la sabiduría humana.

Si somos capaces de anunciar la ciencia de la cruz, es porque somos testigos de ella; la cruz nos es familiar. Tiene para nosotros una ciencia que nos falta por alcanzar.

Anunciar el evangelio de la cruz, implica atreverse a subir en ella; es decir, a ser don. Quien no se atreve a pasar por esta experiencia, corre el riesgo de dejar la parte más grande de sí mismo sin explorar. ¿Dónde está tu ciencia? ¿Dónde está tu ser más profundo?

3 -Permitir que brille el esplendor de Dios

Lo que brilla en cada uno, no es del todo nuestro, es solo un pálido reflejo del esplendor de Dios.

Mientras más brillo alcanzo, más es Dios en mí y más descubro quién soy. Esta es mi identidad nueva, la que viene de mi ser en Dios; por eso el mundo la necesita. Se requiere ser luz y sal, para dar consistencia el mundo y para dirigir su rumbo.

¿Qué brilla en ti? ¿Qué, de todo eso que te brilla, es de Dios?

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