La felicidad auténtica



IV DOMINGO ORDINARIO

CICLO A

Sof 2,3; 3, 12-13; Sal 145; 1Cor 1, 26-31; Mt 5, 1-12

En el sermón del monte Jesús vació su corazón; las enseñanzas de aquel día, se podría decir que son muy suyas, casi exclusivas; no beben de los demás preceptos judíos. Debió ser una gran fiesta para quienes lo escuchaban, ver a Jesús cargado de alegría.

Él quiere que cuantos lo siguen, experimenten la alegría del reino; pero éste se inicia con la inversión de valores en la sociedad. Esta alternativa de Jesús rompe con cualquier frontera, paradigma y condicionamiento político, religioso o social.

Jesús está gritando una liberación de estructuras caducas y de maneras de ver el mundo, a Dios y al ser humano. La felicidad auténtica no se encuentra en los poderosos que parecen reinar, sino en los que se gobiernan a sí mismos con las categorías del reino.

Las bienaventuranzas que escuchamos hoy, son un signo de contradicción. Quienes las escuchamos con seriedad, no podemos ocultar que nos sentimos atraídos. Se antoja dejar las categorías sociales que endurecen nuestro rostro, nuestras relaciones y nuestro corazón, tales como el sometimiento a quienes ostentan el poder económico o político, la violencia y el dominio.

La felicidad auténtica, se vive de la mano con la libertad. En este sentido, nadie que no se libere de visiones reductivas, puede alcanzar la felicidad. El reino que propone Jesús es ante todo un reino de personas libres.

Para intentar una felicidad auténtica, intentemos estas tres actitudes:



1 -Hay que ver a Dios como lo ven los humildes

Como aquellos que dependen de Dios, y por eso le cumplen. Podríamos preguntarnos: ¿En lo cotidiano de mi vida, cuánto dependo de Dios? Los humildes intentan no cometer maldades ni conducirse con mentira.

La lengua embustera de la que habla Sofonías en la primera lectura, expresa mucho cómo es el mundo sin las categorías del reino.



2 -Hay que invertir nuestras categorías de relación

Si sabemos que debemos todo a Dios, es más fácil vivir de tal manera que nuestro orgullo sea Él y no los poderosos del mundo.

Pasar de los criterios humanos que encumbran a los sabios, a los fuertes, a los que valen, pero que se glorían de sí mismos; a los criterios de Dios, que quiere injertar a los desamparados, ignorantes y pobres en un nuevo orden de justicia, santificación y redención.



3 -Hagamos de la libertad y la felicidad algo cotidiano

¿Qué tan seguido eres libre y feliz? Ese es el punto de llegada.

Ser pobre desde el sermón de la montaña implica, más allá de la pobreza sociológica, la pobreza de espíritu: son pobres así, quienes “eligen” como un acto interior de su inteligencia y voluntad, vivir primero de Dios y luego del dinero. Tienen a Dios por Rey, porque el reinado de Dios pondrá fin a sus miserias materiales y espirituales. ¿Cómo somos de pobres? ¿Cómo de miserables?

Las libertades que nos da la opción por la pobreza son tres: fin de la opresión para los que sufren; libertad e independencia para los sometidos; saciedad de la justicia para quienes estaban insatisfechos. Pero el opresor, viendo a quienes libera, se libera de sí mismo y a sí mismo.

De las bienaventuranzas, se proponen cuando menos tres labores para quienes quieren seguir este itinerario de libertad y felicidad del reino: prestar ayuda, es decir, la misericordia recíproca; vivir con limpieza de corazón, de conducta sincera; hacer posible la paz. Esto nos hace semejantes a Dios.

Cuando se experimenta la auténtica felicidad en el ejercicio de las categorías del reino, la persecución viene como sello que corona la fidelidad de nuestra opción. La persecución a este punto no es un fracaso, sino la confirmación misma de que hemos vivido las bienaventuranzas; es decir, hemos vivido libres y liberando personas. Experimentar que Dios reina, hace que la persecución sea recibida con alegría.









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