Juicio de misericordia


Celebramos a un rey humilde, hecho en la Cruz. Jesús, el que se hizo hombre y tomó el rostro de los que sufren y son marginados, es nuestro rey; con una manera de reinar distinta a la que el mundo reconoce.

Esto nos cuesta trabajo, ver a un rey que no porta los signos de la realeza en la riqueza, el poder y la fama, sino en la humildad y en el servicio.

En medio de un mundo de juicios parciales a las naciones o a la persona humana; en donde el resultado de gran parte de los juicios es condenatorio, ¿quién se toma la exclusiva de ser juez? ¿Quién puede autentificar su juicio?

Aunque nos parezca lejano, estamos acostumbrados a juzgar, a veces más de lo que somos conscientes.
Si nos preguntamos las veces que hemos juzgado a otros y el resultado de ese juicio, constataremos que no sirve de mucho juzgar así; nos queda una sensación de injusticia.
La razón es clara: no nos toca juzgar, al menos no usurpando el lugar de Dios.
El Evangelio es provocativo en diseñar la imagen del final de la historia o de nuestro juicio personal.
Al final de nuestras vidas habrá que dar razón de nuestros actos.

No vivimos para nosotros mismos, sino en el realismo de una comunidad familiar y universal que nos lleva preguntarnos por los demás.
Cristo, como Rey y Juez, nos muestra la única manera en que podemos juzgar entre nosotros: con realeza y misericordia, al modo suyo.
Por otro lado, nos recuerda que al final de nuestras vidas, lo que contará para vivir la plenitud de la vida eterna, será el amor, la manera en que permitimos que el amor nos transformara en imágenes de Cristo y de su misericordia para quienes nos rodean.
Cristo encuentra su poder para reinar y juzgar al mundo, en la humildad de su existencia terrena y nos muestra que reinar es servir.
Nosotros queremos encontrar aquí mismo nuestro poder para ser reyes y para juzgar con misericordia.
Este es el tema que nos acompaña en esta semana: juicio de misericordia.
Para avanzar en nuestra manera de juzgar pensemos estas tres ideas:

1 -Hay que permitir que el rey se acerque

 Ezequiel está triste porque los pastores de su pueblo han abandonado a las ovejas.
Nos anuncia a un Dios que no nos abandona, un Dios, pastor y rey que el mismo vendrá, así lo repite hasta tres veces Ezequiel
Yo mismo buscaré, apacentaré y haré reposar a mis ovejas.
Se trata de la cercanía del rey a quien le duele el sufrimiento y la lejanía de sus ovejas.
Nosotros podemos permitir que el rey se acerque, cuando no condenamos a la marginación a nuestros más cercanos, cuando en lugar de alejarlos los integramos en nuestro mundo de relaciones y de relación con Dios.

2 -Hay que ser solidarios con Cristo

 Morir como en Adán y resucitar en Cristo.
No es solo un dejarse llevar por el acontecimiento de Cristo; implica involucrarse en su movimiento salvífico.
Hay que ser solidarios con su causa; entrar en sus mismas luchas contra el enemigo, hasta vencer la muerte.
Con nuestros actos solidarios de cada día, empujamos el proyecto de Cristo y modificamos nuestro entorno. Esta solidaridad en Cristo, nos ayuda a vencer nuestros miedos y nuestras miserias.
Nos permite vivir en el mundo, pero con categorías nuevas; en un mundo donde la justicia y la verdad no son una parodia, sino una realidad que nace de nuestra nobleza, de nuestro ser regio en Cristo.
Así se puede disfrutar ya desde ahora, de la libertad interior y de la paz.

3 -Tomar posesión del reino

 Nosotros aspiramos a esto, a ser bendecidos al final de nuestras vidas, en el juicio personal con una elección amorosa de Dios.
Podemos imaginar nuestra muerte terrena por un momento; nos vemos en el ataúd, cuando nuestros familiares sufren y oran en nuestra partida.
En ese momento (simbólico) nosotros estaremos frente al rey-juez de misericordia, y lo único que contará de cuanto vivimos es el amor, la generosidad con la que aprendimos a amar.
Se toma posesión del reino preparado para nosotros desde la creación del mundo, de manera anticipada, cuando somos capaces de juzgar en misericordia; esto implica amar a los que sufren o están necesitados.
Primero los nuestros los cercanos, quienes muchas veces puedan tener hambre además del alimento físico, hambre de perdón, de compañía, de amor, o de familia.
El juicio en misericordia no solo prevé la asistencia a los pobres materiales, implica en ellos y en quien está a nuestro alcance, una misericordia mayor.

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