Hacer lo que nos falta


por Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo
XXVIII Domingo Ordinario Ciclo B
Sab 7,7-11; Sal89; Heb 4,12-13; Mc 10,17-30

 El hombre rico que vino corriendo y se postró ante Jesús para preguntarle qué hacer para alcanzar la vida eterna, era un hombre bueno. Había cumplido los mandamientos desde su juventud. Buscaba mejorar su vida espiritual. Pero le pareció que Jesús tendría una novedad que superaba la enseñanza de los fariseos. Quiere asegurarse de que está haciendo todo lo necesario para alcanzar la vida después de la vida.

 Jesús lo mira con amor y pone ante sus ojos lo que le falta para alcanzar la perfección. Le propone cambiar de criterios. Aceptar que la bendición que Dios le dio en sus riquezas, sirven para este mundo, pero no para el otro. Sirven si se viven con justicia.

 Nosotros hoy, igual que este hombre rico, queremos hacer lo que nos falta para alcanzar la vida eterna. Nos toca cambiar nuestros paradigmas. Quizás lo que nos falta por hacer no sea deshacernos de los bienes o desapegarnos de ellos, sino algo distinto.

 Puede ser que tanto el hombre rico como nosotros, individualmente, seamos justos. Pero es probable que nuestras riquezas o el uso de ellas estén implicadas en la injusticia social. Hacer lo que nos falta, tendría que ver con eliminar la base de la injusticia: la desigualdad y las dependencias avasalladoras.
 Cada uno tiene que examinarse e intuir qué le falta para alcanzar la plenitud en Dios.

Para intentar un itinerario alcanzable, conviene quitarnos la inseguridad como la tenía el hombre rico y confiar en la propuesta de Jesús. Intentemos estas tres búsquedas:

1- Confiemos en la Sabiduría
 Hay que suplicarla a Dios e invocarla en los momentos decisivos de la vida. Crear nuestra riqueza a partir de ella. La sabiduría en nosotros está haciéndose, haciendo historia; por ello es importante vivir desde ella antes que desde la pretensión del dominio que viene del dinero. Es mejor que nuestras relaciones sean mediadas por la Sabiduría que por la riqueza económica. Porque el dinero falsifica nuestra relación con Dios y con los hermanos.

2- Confiemos en la Palabra
 Ella descubre en nosotros a un luchador postrado, pero a uno que admira a su adversario. Se trata de una conquista mutua. Nuestro vencedor nos ama en la belleza de nuestra impotencia, porque ha llegado hasta el tope de nuestro ser, hasta el tuétano de nuestros huesos. Han quedado al descubierto las razones de nuestra lucha y eso es algo que Dios Palabra ama de nosotros.
 Esta lucha acaba por generar una relación nueva entre Dios y nosotros, no de esclavo y conquistado, sino de amigo o de hermano.

3- Confiemos en la subsistencia
 Los discípulos de aquel entonces se espantaron, igual que nosotros hoy, de una exigencia tan grande como la de deshacerse de los bienes para alcanzar la vida eterna. Y se plantean la pregunta: si hacemos eso, ¿quién podrá subsistir-Sôthênai, escapar de la indigencia? Es decir, ¿para alcanzar la vida eterna es condición indispensable que seamos pobres, en el sentido de indigentes? Y hemos de responder: NO. Jesús no está proponiendo el acto irresponsable de abandonarse a la providencia divina en cuestiones materiales. Muchas personas gozan de un trabajo y de un sueldo; sería irresponsable dejar de producir para engrosar las filas de desempleados y mendicantes. Lo que hemos de entender es que siempre nos falta algo para completar la justicia social en el uso de nuestros bienes. Se trata de vivir sin apegos y eliminar la base de la injusticia en la que puedan estar implicadas nuestras riquezas.

 Vivir en la subsistencia, implica vivir en la simplicidad de nuestra persona, sin tantas dependencias, lo más sobrios posibles, aunque tengamos grandes negocios. Implica vivir subsidiaria y solidariamente nuestras riquezas. Se trata también de vivir la vida como el tiempo propicio de hacer la maleta para el viaje más importante de nuestra vida. Hacer la maleta es hacer lo que nos falta para alcanzar la vida eterna, invertir nuestra escala de valores y emprender un camino propio de santidad.

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