Se enchina la piel al escuchar el evangelio que narra el diálogo entre Pilato y Jesús.
Los demás evangelistas reportan la pregunta de Pilato: “¿Eres tú el rey de los judíos?” pero solo Juan narra este fabuloso diálogo.

En él encontramos la soberanía con que se conduce Jesús frente al gobernante del poder romano.
De ese diálogo podemos destacar las dos personas, si se quiere, como dos reyes: uno que está turbado, tiene que gobernar, pero no sabe cómo.

El hombre que tiene enfrente lo rebasa con mucho en la comprensión de cuanto ahí sucede.
La personalidad de Jesús lo aplasta, porque ejerce una realeza distinta, espiritual.
Del otro lado Jesús, a quien no le falta nada.

Se conduce con absoluta libertad y dominio de sí.
Ha informado al gobernante del origen de su realeza y su misión: viene de Dios para ser testigo de la verdad.

Conocemos la secuencia del diálogo: Pilato pregunta por la verdad porque no está informado.
No puede dar testimonio de nada, está lejos de la experiencia religiosa del pueblo.
Al final de ese diálogo, no sabe nada, está aturdido, solo puede balbucear: “¿Y qué es la verdad?”.
Parece que a los reyes de este mundo les sucede lo mismo: la verdad fundamental de todo cuanto acontece, se les escapa.

No se arriesgan a experimentar lo esencial de la vida del pueblo y su relación con Dios.
Por eso hay tantos juicios equivocados.

 En medio de un mundo con abuso de poderes, de poderes temporales y de imperios que esclavizan, está la alternativa de Jesús: reinar desde una soberanía nacida del amor.

Y proclamar la segunda venida de Jesús en la que ya no habrá subordinación a la cruz como fue en la primera, sino en la que el Rey de reyes vendrá rodeado y glorificado por una multitud de ángeles.
Intentemos tres actitudes:

1- Ejercer el poder como servicio

En la visión de Daniel, de la primera lectura, el semejante al hijo del hombre, es Jesús.
Pero por extensión es cada uno de nosotros, que nos hacemos semejantes y recibimos soberanía para servir.
Jesús ejerce un poder contundente al entregarse.
Así desarma la violencia, le quita poder destructor y caótico al dominio de los poderes temporales.
Tiene el poder de dar la vida eterna, de librar del mal, de vencer el dominio de la muerte.
El poder del amor que sabe llevar a la paz.
Este reino de gracia nunca se impone y siempre respeta nuestra libertad. ¿Cómo ejercemos nuestro poder?

2 - Considerar los frutos de nuestra soberanía en Jesús

 Él nos amó y nos purificó de nuestros pecados con Su sangre e hizo de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre.
Es en Él en quien podemos liberar del pasado que pesa a nuestros opresores.
Es gracias a su manera de reinar, que nosotros podemos construir el nuevo reino de Dios.
 ¿Qué frutos hemos obtenido en el ejercicio de nuestra soberanía?

3- Gobernar desde el testimonio

 La verdad nos hace libres y soberanos.
En nombre de Cristo, de la verdad y de la justicia, podemos oponernos a los halagos de los poderes terrenos y desenmascararlos incluso sellando nuestra fidelidad con el martirio.
Ejercer nuestra soberanía como testigo de la verdad, implica entregarse como Jesús, voluntariamente, cortando toda posibilidad de violencia.
Implica un amor semejante al suyo, que antepone la fidelidad a Dios, antes que a los poderes que dominan.