Buscar al Rey



Epifanía Del Señor Ciclo C
Is 60, 1-6; Sal 71; Ef 3, 2-3. 5-6; Mt 2, 1-12

Buscar al Rey

 El relato de la adoración de los “Reyes Magos”, es un pasaje luminoso y sorprendente que provoca de inmediato nuestra imaginación. La verdad que describe el evangelista Mateo ––que es el único que narra este episodio––, radica primero en entender que Dios se manifestó al mundo introduciéndose en la historia envuelto en su propio misterio. Que a partir de la Encarnación nadie es extraño, todos somos hermanos. Y luego: en descubrir que el Niño Dios es un rey superior a todos los reyes de la tierra; que viene de más lejos que cualquiera y trae dones superiores a los meramente humanos. Que es un rey que rige por la justicia, la paz y el amor. Y, por lo tanto, un rey que rompe las barreras geográficas, culturales, políticas y religiosas.

 Si reflexionamos con calma la simbología de este relato tan colorido, podremos recoger mucho fruto espiritual. Pensemos cómo buscar al gran rey desde nuestra propia experiencia de vida, desde nuestra propia ciencia, humana e intuitiva. Hacerlo es algo muy importante; de manera especial ahora, cuando vivimos en medio de un mundo acostumbrado a la comodidad, en el que ya pocos quieren salir de sí mismos y de su confort, para ir al encuentro de la vida y de la persona humana. Podemos buscar, al estilo de esos “Reyes Magos”: saliendo de nuestro pequeño reino. Hay que partir de la certeza de que en el Nacimiento del Niño Dios, se está cumpliendo el designio que Él mismo trazó desde antiguo. No alcanzarlo sería quedarnos en la penumbra de frente a una realidad más grande y luminosa que cuánto hemos conocido.

Atrevámonos a iniciar nuestra búsqueda como nuevos reyes magos, iniciemos una aventura que satisfará nuestros anhelos más grandes.
Intentemos tres actitudes para encontrar a nuestro rey:

1 -Hay que levantarse
 Empezar a resplandecer como comunidad e individualmente, aceptando que nos llegó la hora de la luz y de la gloria de Dios, como anuncia Isaías en la primera lectura. Podemos ver desde la fe, cómo todo aparece tan claro cuando las tinieblas que nos tienen sometidos, empiezan a disolverse.
 Hoy podemos levantarnos y caminar, convertirnos en buscadores del misterio de Dios; hemos de abandonar las maneras ficticias de levantarse, como son las dinámicas de autoestima, o las drogas para pasar la noche, o la depresión. Si salimos a buscar, guiados por la fe y la esperanza, encontraremos los dones de Dios.

2 -Interpretar los signos

 Los Reyes Magos, con todos los conocimientos que habrían podido acumular en su vida, supieron que no habían llegado al tope del conocimiento científico y teológico. No tenían, por ejemplo, la totalidad del conocimiento sobre la verdad, la vida y el amor.
 A través de esta simbología nos enseñaron la igualdad de los hombres ante Dios, y que ante Él no hay excluidos.
 Nosotros hoy podemos hacer vida la autenticidad del nuevo rey y seguir su rastro. San Pablo nos recuerda que la gracia de Dios se nos confía por revelación. Solo así se puede entrar en el misterio. Debemos interpretar con humildad y con certeza los signos que aparecen ante nuestros ojos. Y entender que por medio del evangelio, todos los pueblos de la tierra somos coherederos de la misma herencia en Jesucristo Rey.

3 -Adorar como nuevos reyes

 Sin perder nuestra dignidad, nos adherimos al proyecto superior que viene en Jesús. No perdemos nada; al contrario, crecemos en nobleza, en ciencia y en paz.
 Adorar como nuevos reyes, implica aprender a postrarse ante Dios y ante la persona humana que Él dignificó. La ciencia más grande del mundo no sirve de nada si no logra asumir la naturaleza humana para elevarla, que es lo que hizo Dios al venir en medio de nosotros. Postrarse es algo grande, nos coloca en el horizonte del Niño y de su Madre, para recoger de sus miradas y de sus corazones el amor y la sabiduría que el mundo necesita.
 Adorar así, implica gozar de la pareja real: el Niño con su madre. Y entregar nuestros dones como sumisión y, al mismo tiempo, como alianza. Al ofrecer nuestros dones iniciamos una atenta observación y escucha de los signos de Dios y de los hombres: la búsqueda de la verdad, la perseverancia en el camino, la sensibilidad para entender los sentimientos más profundos del ser humano, tales como la alegría, la adoración, la ofrenda de sí mismo a Dios.

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